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OPTIMA – ¿Ha matado Trump 2.0 la Sostenibilidad?

O por qué quizá necesitábamos este golpe de realidad

Durante años, el ESG (Environmental, Social, and Governance) se ha presentado como una fuerza imparable. Sin embargo, algo se está resquebrajando.

El ruido mediático sugiere que el ESG está, como mínimo, en cuidados intensivos. Y los datos empiezan a acompañar esa sensación. La demanda global de edificios sostenibles ha caído del 41 % al 30 % en 2025, según el Informe de Sostenibilidad RICS 2025. El motivo no es ideológico, sino brutalmente práctico: costes elevados, incertidumbre sobre el ROI y largos plazos de amortización. Casi la mitad de los profesionales del sector del FM & CRE ni siquiera mide las emisiones de carbono de sus proyectos.

Cuando el dinero se encarece y la incertidumbre aumenta, la sostenibilidad “porque toca” es lo primero que se pone en duda.

Del ESG como convicción al ESG como teatro

Este enfriamiento conecta con algo que muchos han vivido desde dentro. A principios de 2025, un buen conocido con amplia trayectoria en ESG me explicaba por qué decidió abandonar este mundo. No porque dejara de importarle el impacto, sino porque se cansó de lo incremental, lo cosmético y lo reputacional. De ratings y reportes que crecían… mientras el negocio subyacente permanecía prácticamente intacto.

El ESG se convirtió, en demasiadas ocasiones, en un sistema para «verse bien» en lugar de «hacer el bien». Las grandes compañías con más recursos aprendieron a jugar el juego de las puntuaciones, mientras los problemas estructurales quedaban fuera del foco.

La pregunta incómoda era inevitable: si el ESG realmente hacía a las empresas más rentables y resilientes, ¿por qué ha retrocedido tan rápido cuando el contexto se volvió adverso?

El «Silencio Verde»: Entre la Política y el Capital

Es innegable que la segunda administración Trump ha reescrito las reglas del juego. La salida de EE. UU. del Acuerdo de París, el desmantelamiento sistemático de las políticas climáticas y el auge del movimiento anti-ESG no solo han alterado el discurso, sino también los incentivos reales del capital. Gobiernos estatales controlados por los republicanos han apartado de la gestión de fondos públicos y de pensiones a aquellos gestores de capital que no se alinean con su visión anti-ESG, enviando una señal inequívoca al mercado.

El resultado ha sido un “silencio verde” en el corazón del mundo corporativo: instituciones financieras han abandonado alianzas climáticas internacionales y muchas empresas del S&P 500 han eliminado incluso la palabra “sostenibilidad” de sus informes para esquivar la presión política y accionarial.

Sin embargo, este repliegue no es solo un cambio de narrativa, sino una capitulación ante la fuerza financiera. El dinero es el moldeador definitivo de la realidad: cuando titanes como BlackRock o Vanguard —cuyo peso accionarial es determinante en casi cualquier gran compañía— retiran su respaldo en las juntas generales, la ambición climática simplemente se desmorona.

Las cifras son contundentes: BlackRock ha pasado de apoyar el 47% de las propuestas ambientales y sociales en 2021 a un 4% en 2024. Por su parte, el respaldo de Vanguard ha caído hasta el 0%. Esta retirada de los «guardianes del capital» envía una señal clara al mercado: sin el voto de quienes firman los cheques, los objetivos de descarbonización no son más que literatura. Al final, las empresas no se vuelven conservadoras por ideología, sino por una cruda supervivencia financiera.

Europa resiste más por regulación que por convicción, pero incluso aquí el mensaje empieza a ser claro: el ESG es caro, complejo y difícil de defender internamente si no crea valor económico tangible.

¿Significa esto que el ESG ha muerto? En mi opinión, ¡probablemente no! Pero sí ha muerto una forma de entenderlo.

Curiosamente, el mismo informe que muestra la caída del interés por los edificios verdes apunta una pista clave: la IA como herramienta para mejorar el rendimiento energético y la eficiencia real, no como narrativa.

Quizá Trump no mató el ESG. Mató su coartada

El retroceso actual no tiene por qué ser una derrota de la sostenibilidad. Puede ser, en realidad, su maduración forzada.

Menos activismo corporativo. Menos storytelling vacío. Menos puntos ESG.

Y más decisiones duras, operativas y económicas que determinen quién seguirá siendo competitivo en 2030.

Tal vez el ESG no ha muerto. Tal vez, por fin, ha dejado de fingir.

Ignasi Casamada Bragulat Chief Executive Officer & Co-Founder de Optima